Cada segundo que mi cuerpo me hace feliz es a su es vez el momento en que se embarulla recuerdos, que asolados estaban para evitarme confusiones, de la maldición que me asimila a las bestias. Me cuesta no detestar que faltan conveniencias para hacerme más próximo a una naturaleza inmóvil. Condenado a la mortalidad por mis deseos que nunca llegara a aquel placer eterno del cual hasta el vestigio de la hojarasca goza sin suplicio.
Hay en este cuerpo más ganas de desecho que de creación, cuando nada le pertenece “mucho menos la palabra”, ¿cómo hacer para encontrarle dignidad al respirar sin cuidar de cada exhalación?
